Butaquito
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Butaquito
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Ciudad de México 20 Diciembre 2011.- Por Fausto Sánchez del Hoyo.A Delia Moreno García: Lentamente se atreve la gota a deslizarse y más osadas que la primera una tras otra hasta volverse torrente incontenible bajan por entre su mejilla conforme el recuerdo invade su memoria.
Enrojecen sus ojos, su voz enronquece, se vuelve suspiro. Aflora el sometido sentimiento de la frágil mujercita. Quisiera gritar, expresarse en altavoz.
Pero enmudece
Le parece verlo tranquilo, comprensivo, complaciente sentado en su butaquito, como llama la mujer al asiento desde el cual le aconsejara y advirtiera que no se inquietara ni perdiera fuerza. Que debería seguir adelante pasara lo que pasara. O lo que más tarde o más temprano habría de pasar ya que era inevitable.
Que no perdiera nunca el valor suficiente por conservar el gusto y la alegría del diario vivir.
Ella, mujer casi niña, sentía que lo necesitaba, que su presencia le era imprescindible.
Pero prometió lo impensable; Ser fuerte, sacar fuerza desde el fondo de su alma con bondad, generosidad y templanza.
Adivinaba cuan difícil sería su vida sabiéndolo impalpable, etéreo, intocable.
El butaquito de pino con respaldo de piel comprado a un vendedor callejero donde solía acomodarse, allí estaba. Mudo, duro, inmóvil. Siempre en el mismo sitio, haciéndole recordar a su Quijote de letras y papel.
El amor, el cariño que por él sentía lo elevaban hasta esos ojos cristalinos y puros, como su héroe. Como antípoda, con toda coloquial ternura lo expresaba como
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