El Pastor
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El Pastor
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Ciudad de México 23 Diciembre 2011.-Por: Fausto Sánchez.-Premex.-Con ilusión dejó su raíz, su espacio, su aire, su geografía donde ese campo nutriera sus músculos fortificándolos, volviéndolos duros sin necesidad de gimnasio.
Partió a la urbe donde la industria aprovecha a personas de tal condición en construcción de edificios, de caminos, en minas, en hornos, mecánica automotriz...
Adquiriendo conocimientos y destreza, pronto fue requerido en alguno de esos trabajos. Con el pensamiento puesto en sus padres con los que deseaba convivir nuevamente, ahorraba para llevarlos a esa absorbente urbe.
Los compañeros le hicieron conocer las tardes sabatinas y dominicales o de fiesta, con las carnes asadas y los infaltables salchichones.
Desechaba el alcohol, la obligada cerveza, el convertirse en tigre o rayado. Comparaba la voz de la radio y la televisión con sus silbidos al notar que la afición regia, humana, pensante, era explotada, sumisa y obediente (como sus borreguitos que iban a triscar donde él les ordenara).
En el hogar de uno de sus compañeros le llamó la atención un encuentro transmitido entre Tigres y Chivas. El sólo distinguía colores azules y dorados en las tribunas y cabezas moviéndose, brincoteando, ululando, enajenadas por los ríspidos gritos de un manipulador comunicante: "Tigres, tigres, tigres...". Más de sesenta mil personas --pensó.
De imprevisto su imaginación vació el estadio. Los histéricos gritos cambiaron sus letras, los cánticos inducidos fueron ayes de madres, hijos, esposas, hermanos, novias, amistades, conocidos.
No más tigres, tigres, tigres...Las tribunas de azul y dorado estaban ahora teñidas de rojo, de rojo púrpura, de rojo ocre, de inocente rojo sangre.
Sesenta mil cabezas humanas, pensantes y explotadas, acribilladas por las balas de una guerra
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