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Jana Beris, corresponsal
De a poco, en incidentes aislados y a veces espaciados en el tiempo, alguien intenta demorar —al menos— el avance del programa nuclear de Irán. Un nuevo ejemplo de ello se concretó este miércoles en Teherán, cuando un hombre logró colocar una carga explosiva adherida a un automóvil, asesinando así a Mostafa Ahmadi Roshan, de 32 años, científico nuclear y catedrático en la Universidad de Teherán.
Según la agencia noticiosa iraní FARS, el hombre tenía a su cargo la supervisión de un departamento en la planta de Natanz en la que se enriquece uranio.
FARS señaló que, según testigos presenciales, un motociclista adhería una carga explosiva magnética a un costado del vehículo, que poco después estalló, matando al científico y también hiriendo a otras dos personas que se hallaban en su interior.
Irán acusa a Israel del asesinato. “Esto es obra de los sionistas”, declaró el vicegobernador de Teherán, Safarali Baratloo. En ocasiones similares anteriores, Irán responsabilizó también a agentes estadounidenses. En Israel, donde nadie comentó el tema, siempre se rechazan las acusaciones. En este tipo de guerra, claro está que nadie reivindicará ningún ataque y que los hechos van mucho más allá que la guerra de nervios.
Mientras Israel y Estados Unidos dicen que en principio “todas las opciones deben ser consideradas” y que “nada es descartado”—aunque la preferencia es que sanciones económicas logren frenar el plan nuclear de Irán— se intenta hacer lo posible para, al menos, demorarlo.
Es en este contexto que deben verse varios casos “misteriosos” de los últimos años, resumidos por el portal del diario israelí Haaretz. No hay duda alguna de que los responsables no creen que cada incidente aislado puede frenar a Irán, pero cabe suponer que su esperanza es que el
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